Por qué todos quieren una consultora boutique

Los grandes hacen sus productos en serie, aunque cambien el color, los beneficios son incalculables (CH Fall 2018)

¿Te gusta ir de compras? ¿De verdad? ¿Te gusta que alguien que no te conoce de nada te diga qué es lo que te sienta bien? ¿Comprarte algo que tiene cualquiera? ¿Adquirir el último abrigo solo porque lo tienen los demás, aunque tú no tengas frío? Mirado así, la experiencia de compra puede convertirse en una actividad non grata. Huyendo de ello, los hay que van a su boutique de toda la vida, o a su sastre, charlan un rato, confían y el resultado no solo les hace justicia, les hace feliz. ¿Te imaginas que todos lo hiciéramos? sería el fin de los grandes almacenes.

Couture, patrón en papel, por Alisa Graham inspirado en un Thierry Mugler sirena de 1987, mejorado y preparado para coser en plata para una clienta muy especial.

Aunque pueda parecer extraño, esta misma situación se da en servicios de consultoría, solo que con resultados muy diferentes; los consultores pequeños seniors, amantes de su trabajo, con un bagaje experiencial, cultural, académico y con auténtica ambición profesional, ofrecen unos servicios cuya calidad ya supera a la de las grandes. Las grandes consultoras tienen despachos amplios para albergar a  directivos que ordenan a sus subordinados fabricar productos estándares para después venderlos al peso mediante empleados juniors que aprenden de memoria metodologías que se consideran eficaces porque a alguien les funcionó y alguien las patentó. No es de extrañar que las consultoras boutique empiecen a ser requeridas y muy queridas desde el momento en que su encuentro con el cliente es distinto -el cliente debe ser atendido en su propia casa, el consultor debe tener vocación de servicio-, como si su único interés fuera crecer juntos, como si de una aventura conjunta se tratara, como si ambos se jugaran lo mismo. Se acabaron las soluciones estándar, el prêt-à-porter, la falta de flexibilidad y el exceso de burocracia. Una consultora boutique te cuida, te mima y no se detiene hasta que tú y tu empresa estéis satisfechos.

Una sesión de trabajo con el equipo directivo de LEDF, 2018

Ahora, más que nunca, vivimos un momento determinante en el que están cambiando muchos de los paradigmas adquiridos, un momento en el que los jóvenes salen de las universidades buscando empresas pequeñas, más cercanas, más humanas, en las que aprender y crecer sean la sintonía habitual, en las que se trabaje primando la calidad, cuidando cada proyecto como algo orgánico, atendiendo a todos sus elementos. Las empresas, hastiadas de los servicios enlatados, los envoltorios atractivos, la falta de personalidad, de creatividad y respuestas eficientes y el exceso de burocracia, manifiestan una tendencia a dirigirse a consultoras más pequeñas, más ágiles en decisiones, con una capacidad de adaptación y de escucha muy superior, adalides en generar una conexión emocional con el cliente que aporta valor y que compensa la soledad del directivo. Y es que las consultoras boutique cooperan como socios de sus clientes, gozan y sufren con ellos, conocen la empresa, sus fortalezas y sus debilidades. Una consultora boutique no es un proveedor, no admite placebos, trabaja y se deja la piel hasta encontrar la mejor solución, se compromete y se responsabiliza y la ejecuta conjuntamente con el cliente. Una consultora boutique tiene un límite de clientes/socios, no es su objetivo la cantidad sino la excelencia, el prestigio y la reputación, la de ambos. Y, lo mejor, es que su nivel de satisfacción está muy por encima del que ofrecen sus competentes hermanas mayores.

En cualquier caso, avisamos, no es fácil localizarlas, si estás interesado, la mejor manera de encontrarlas es  conociendo a los que ya han pasado por sus manos.

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